«¡Antes morir que arrodillarnos! ¡Antes morir que entregarnos! ¿Quieren acabar con nosotros? Pues a defenderlo con toda clase de armas. ¡Ya no hay paz! ¡No más palabras! ¡Que hablen los rencores!»
Juan García Oliver, ante el asesinato de Salvador Seguí, 1923.
Hablaba hoy Edu Chinaski sobre los discos que han sido el resultado de una tormentosa ruptura sentimental, apolrtando una (pequeña) lista de clásicos henchidos de sufrimiento y autocompasión. Lo mismo cantan Arizona Baby en la canción oculta de Second to None: «I traded our love for a book full of songs» («Cambié nuestro amor por un libro lleno de canciones»). No puedo estar más de acuerdo en que los sentimientos más fuertes e intensos, sean cuales fueren, son los motores de la creación artística.
Amor y odio. Como cantaban Negu Gorriak en «Radio Rahim», son las dos caras de la misma moneda. Y el rencor, el hijo de ambas, bien puede resultar un inspirador acicate para la composición. Muchas grandes obras son hijas del odio. Gure jarrera, de Negu Gorriak; Iluntasunari barre, de Kuraia; Anti-todo, de Eskorbuto; los primeros singles de Minor Threat...
No quiero pecar de presuntuoso y comparar semejante colección de obras maestras con la demo que acaba de poner en circulación Mil Rencores. Ni intento compararla con los discazos de los que, acertadamente, hablaba el amigo Chinaski en su blog. Tampoco intentaré decir que Mil Rencores son como los Nu-Niles o Lucky Dados, ni creo que, de momento, lo pretendan. Sólo pongo sobre la mesa que la demo de Mil Rencores es hija el rencor y el odio. Y, además, me ha gustado.